Atrapados en el “missing middle”
Según Sightline Climate, firma de inteligencia de mercado especializada en tecnología climática y energía, los inversionistas del sector tenían US$90.000 millones de dry powder —capital comprometido y aún sin desplegar— a marzo de 2026. La cifra viene en retroceso: un año antes bordeaba los US$112.000 millones, y la diferencia se explica porque el despliegue de capital superó al levantamiento de nuevos fondos.
El problema, sin embargo, no está en la magnitud sino en la composición. Un 75% de ese capital se concentra en fondos de infraestructura enfocados en tecnologías maduras y de bajo riesgo. El capital de riesgo, en cambio, se ha debilitado: su participación cayó desde cerca del 20% en 2021 a menos del 8% en 2025.
Esa estructura deja un vacío. Las nuevas tecnologías de descarbonización resultan demasiado intensivas en capital para que el venture capital financie su escalamiento, y demasiado riesgosas para fondos de infraestructura acostumbrados a activos probados. Esa brecha se conoce como “missing middle”: soluciones tecnológicamente probadas que no logran crecer, diluir sus costos fijos y competir.
Hay varios ejemplos. Uno es la descarbonización del cemento, sector responsable de cerca del 8% de las emisiones globales de CO2. Las tecnologías existen y avanzan del piloto a la escala comercial —cementos alternativos, mineralización de carbono, hornos eléctricos—, pero requieren plantas que cuestan decenas o cientos de millones de dólares antes de generar ingresos relevantes. El problema dejó de ser tecnológico; es financiero.
Otro, especialmente relevante para Chile, es la proteína de insectos, en particular la harina producida a partir de larvas de mosca soldado negro. Es la proteína con la menor huella de carbono disponible, permite absorber grandes volúmenes de residuos orgánicos evitando el metano que libera su descomposición, tiene propiedades funcionales probadas y un mercado enorme a la vista: la industria salmonera. Estoy involucrado en el sector y conozco de cerca que su principal barrera para escalar no es tecnológica sino de financiamiento.
Conviene ser preciso sobre la naturaleza del problema. El missing middle es una falla estructural y no un error del capital privado: es la consecuencia lógica de su asignación rigurosa. Hay actores con apetito por riesgo y otros con capital disponible, pero no necesariamente son los mismos. Es difícil que un inversionista destine tickets grandes a proyectos intensivos en CapEx, con tecnologías nuevas y plazos largos. Son los llamados First-of-a-kind (FOAK), y muchos se quedan en el missing middle sin poder salir. El mercado pide que la tecnología esté probada a escala comercial antes de financiarla, pero ninguna tecnología puede probarse a escala mientras nadie financie su primer despliegue comercial.
Es difícil juzgar procesos en curso. Miremos uno que ya vivió el ciclo completo con éxito: la "Energiewende" alemana. El año 2000 las energías renovables representaban el 6,3% del consumo eléctrico alemán. En 2025 superaron el 55%, según la Agencia Ambiental Alemana (UBA). En aproximadamente el mismo periodo, el costo de la instalación fotovoltaica cayó cerca de un 70%.
¿Cómo se logró lo que al inicio parecía inalcanzable? Mediante un diseño de incentivos —tarifas garantizadas por veinte años, acceso prioritario a la red y una reducción programada de esas tarifas en el tiempo— que creó demanda a una escala suficiente para que la industria invirtiera en capacidad productiva y bajara sus costos. No fue gratis: el costo no se cargó al presupuesto fiscal, pero lo asumieron los consumidores a través de un recargo en la tarifa eléctrica, y fue materia de debate político en Alemania durante años.
El desenlace es elocuente. Hoy la energía solar ya no habita el missing middle: es precisamente el tipo de activo maduro hacia donde fluye el grueso del capital privado. El Estado empujó el escalamiento y, capturadas las economías de escala, el capital privado tomó la posta. Y el beneficio no se quedó en Alemania: el mundo entero —Chile incluido— importó después paneles a una fracción del costo original. Ese es el camino que deben poder recorrer los FOAK de hoy.
Nuestra Constitución Política define un rol subsidiario para el Estado: se abstiene de intervenir donde los grupos privados se bastan por sí mismos, pero actúa —de forma acotada y complementaria— cuando la solución que el mundo privado puede ofrecer es insuficiente. Esto último es lo que ocurre cuando la estructura de financistas deja una brecha y desarrollos valiosos como los FOAK no ven la luz.
No se trata de que el Estado elija ganadores ni reemplace al mercado, sino de que provea las condiciones que permitan al capital privado hacer su trabajo. Los instrumentos son conocidos y no exigen necesariamente desembolso fiscal: garantías, compromisos de compra, contratos de largo plazo, reglas estables. La evidencia reciente apunta en esa dirección: en el financiamiento climático global, las regiones donde el capital público sostuvo proyectos y la política pública ofreció estabilidad han sido las más eficaces en atraer inversión privada.
Chile busca dar certeza jurídica y ofrecer condiciones para atraer capital. Tenemos con qué sobresalir como polo de desarrollo tecnológico, sobre todo en soluciones climáticas. Según el análisis de costo-eficiencia publicado por los Ministerios de Energía y Medio Ambiente en 2020, alcanzar la carbono-neutralidad tiene un valor presente neto positivo cercano a US$37.000 millones: los ahorros operativos superan con holgura la inversión requerida. En otras palabras, descarbonizar no es solo una necesidad ambiental; es económicamente ventajoso.
¿Seremos el país que empuja la próxima frontera o el que espera a que otro lo haga para conformarse con importar el resultado?