Cuando vender también es cuidar el legado

Existen muchas empresas familiares exitosas que fueron levantadas con esfuerzo, intuición y perseverancia por fundadores extraordinarios. Emprendedores que partieron desde cero, y lograron generar empleo y valor. Sin embargo, muchas de estas compañías enfrentan hoy su momento más delicado: la sucesión.

La sucesión no es solo una reorganización societaria o un cambio de roles. Es, ante todo, un dilema profundamente humano. El fundador sabe que debe entregar el mando, que es tiempo de “aterrizar el avión”. Pero la pista se acorta y el riesgo de intentar la maniobra demasiado tarde, paraliza. La emoción se mezcla con la lógica económica y la racionalidad se vuelve esquiva.

El sueño natural de todo emprendedor es que su negocio permanezca en manos de la familia, que sus hijos tomen el testimonio y lleven el proyecto al siguiente nivel. Pero la realidad suele ser más compleja. Los hijos desarrollan otras ambiciones o intereses, el fundador lo interpreta como falta de compromiso y, aunque dice querer soltar, no lo hace. Interviene, corrige y reescribe decisiones ya tomadas. El resultado son gobiernos corporativos disfuncionales, donde el accountability se diluye, la toma de decisiones se ralentiza y los conflictos familiares contaminan la gestión. La empresa deja de avanzar, pierde oportunidades y, lentamente, destruye valor. Es en estos momentos cuando conviene pensar en alternativas: vender el control a veces se percibe como una traición al legado. Paradójicamente, puede ser exactamente lo contrario.

Hoy enfrentamos un escenario particularmente propicio para abrir esta discusión con pragmatismo. Hace pocos días el Banco Central publicó un nuevo Informe de Percepciones de Negocios (IPN), donde se destaca una mejora en las expectativas por parte del sector empresarial. El peso se ha apreciado más de 10% en un año, y la administración entrante habla de apuntar a un crecimiento del 4%. Estos factores no solo derivan en valorizaciones más atractivas, sino que también facilitan conversaciones que en otro contexto resultaban emocionalmente imposibles. Vender en un buen momento no es renunciar, es elegir. A veces, la mejor manera de proteger el legado del fundador no es aferrarse al control, sino encontrar al mejor dueño para la siguiente etapa. Alguien con capital, capacidades y un mejor alineamiento de intereses del que la familia puede ofrecer hoy.

Las empresas familiares se parecen, en cierto sentido, a los hijos. Aunque cueste reconocerlo, no nos pertenecen. Somos sus custodios temporales. Los cuidamos, los formamos, los acompañamos en sus primeros años. Pero llega un momento en que deben desplegar sus alas y emprender vuelo propio.

En tiempos como los que corren, vale la pena preguntarse qué quiere realmente una familia del negocio que fundó su patriarca. Porque insistir en el romanticismo de la sucesión familiar, puede ser la forma más silenciosa de diluir aquello que con tanto esfuerzo se construyó.

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